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Emma yacía en el suelo de la cocina ya sin vida. Julián, su marido, la
había encontrado así cuando, por olvidar su celular, había vuelto a casa más
temprano de lo habitual.
Primero había pensado que era una broma, pero ella nunca le habría
jugado una broma así. Se había acercado, mirado con detenimiento y dado cuenta
que su esposa no estaba respirando. La tristeza y la impotencia rápidamente
habían tomado sus lugares en él. Las lágrimas y los gritos empezaron a salir de
su interior casi sin darse cuenta. Lo único que había atinado a hacer fue
llamar al número de emergencias. Y ahora estaba así, sentado al lado del cuerpo
de Emma, mientras esperaba la ayuda.
Los vecinos, grandes y chicos, que escuchaban los gritos de Julián, se
acercaron a ver qué pasaba. Al encontrar semejante escena, llevaron a los niños
fuera de la casa y trataron de contenerlo. Pero, ¿cómo contener a alguien que
encuentra a su motivo de vida muerto?
Clara, la vecina que había sido más cercana a la pareja, empezó a poner
orden. Pidió a algunos que abandonen la casa, a otros que separen a Julián del
cuerpo y unos terceros que llamen a los familiares de Emma y Julián. Todos
empezaron a hacer lo que les había pedido cuando llegaron la policía y los
paramédicos.
•••
Laura estaba por salir a su trabajo cuando escuchó el teléfono de la
casa sonar. Caminó hacia donde se encontraba este y contestó. Del otro lado se
escuchaba el ruido de unas sirenas y gente hablando y moviéndose. A duras penas
pudo escuchar las ocho palabras que cambiarían su vida. Algo pasó con su hermana, tiene que venir.
Laura dejó caer el auricular. ¿Qué le pudo haber pasado a su hermana? Salió
lo más de prisa que pudo de la casa, tanto que dejó las puertas sin cerrar.
Subió al carro y emprendió viaje a la casa de su hermana.
•••
Las siguientes horas pasaron lentamente para todos. Laura, Julián y
todos los familiares de Emma seguían en shock.
Fernando, el esposo de Laura, estaba ahora consolándola, quien había
insistido en ir a la morgue y acompañar a su cuñado.
Linda, la madre de Laura y Emma, estaba en su casa con sus nietos, a
quienes había recogido del colegio como habían acordado el día anterior. Daba
su mejor esfuerzo para que las criaturas no se percataran de que algo andaba
mal, malísimo. Pero su mejor esfuerzo no fue suficiente. Mateo, el pequeño hijo
de Emma y Julián, le preguntó:
-
¿Qué pasa abuela? ¿Estás triste?
-
Sí, pero sólo un poquito – dijo Linda forzando
una sonrisa y haciendo ese típico gesto de ‘poquito’ con su mano. – Pero es
porque ya te dije que no me gusta que me digas abuela. Me llamo Linda.
Fernando, Laura y Julián llevaban más de dos hora esperando por los
resultados de la autopsia, cuando un señor de bata blanca, acompañado por otro sujeto,
se les acerca. Era el médico forense.
-
¿Señor Arce?- pregunta el médico.
-
Sí, yo- responde Julián.
-
Ya puede llamar a la casa funeraria para que
venga.
¡Cómo le dolieron esas palabras a Julián! Pero esas palabras no lo atormentaron ni mitad de lo que lo atormentó
lo que vino después. El sujeto que acompañaba al forense era de la policía. El forense
los presentó.
-
Señor Arce, él es el detective Camacho. Lo llamé
porque los informes preliminares de la autopcia indican que su esposa no murió.
– Hizo una pausa para luego continuar. – Lo de su esposa fue un asesinato,
señor.
Continuará…